Por un instante, el mundo se paró, y mi corazón dejó de latir. Pude notar como mi respiración ya no era la misma, y como mis lágrimas tenían un sabor más amargo. Las palabras parecían haber dejado de serlas, y en mi cabeza, los recuerdos se iban borrando, uno a uno. De pronto, la música ya no sonaba, ni podía escuchar los coches pasar. La vista se me cegó, y una oscuridad me llenó de pronto. Sentí la soledad más grande del mundo, y fue en ese momento, cuando supe, que había llegado la hora de decir adiós.

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